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jueves, 30 de octubre de 2014

Tiempo de lentos paseos...


Llevar toda la tarde sentado frente al ordenador y encontrar, descubrir esta imagen me supuso una gran alegría.

Entre otras muchas fotografías carentes de colores, ésta los poseía sin mostrarlos: tonos otoñales... e incluso llegaba a oler: a humedad, a los primeros calientes humos del otoño...

Unos personajes tranquilos en un camino tranquilo, despojado de la animación del verano y de los árboles que lo vestían antaño. Nuevas casas, llenas de color, en una foto en blanco y negro.

Sí, una fotografía, como todas las fotografías estática, que invita a tomar la vida con más calma, como un paseo. Ahora que llega el letargo del frío y de los colores, paseemos...


FOTOGRAFÍA: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=210873279091728&set=a.115097615335962.17740.100005071724360&type=3&theater

viernes, 14 de enero de 2011

Los Tapiados, tranquilos de momento, mandan el tráfico "a paseo"

Parece que el título de esta entrada ha quedado redactado como un titular de noticia, de una gran noticia.

Hace ya varios años el Ayuntamiento de Barbastro informaba de una importante "idea" urbanistica para ampliar el camino de los Tapiados aunque requería la expropiación de multitud de fincas y la desaparición de las tapias que le dan nombre. Afortunadamente los técnicos de la Diputación de Huesca se han adelantado y han apostado por una solución más práctica: hacer pasar el tráfico donde las calzadas son más anchas (zona Las Huertas) y conectarla con el Eje del Vero (carretera que lleva a Alquézar y las Bodegas) a través del Barrio de San Juan. Solución ésta que no se aleja del casco urbano y soluciona muchos de los problemas del centro de la ciudad, donde los coches se encuentran en un callejón sin salida o enredados de la maraña de calles (calles de un sólo sentido, lógico por la falta de amplitud pero caótico para la circulación vial).

Vaya, quién lo iba a pensar, esta solución se me antoja lógica y familiar. Me alegro y mucho. De hecho, hace unos años escribí para El Cruzado Aragonés una carta en la que echaba de menos soluciones imaginativas ante la amenaza a los Tapiados por parte del Ayuntamiento.


Nota del autor: el texto que sigue, es un artículo de opinión que escribí para El Cruzado Aragonés en diciembre de 2007.

***

AÚN NOS QUEDAN OASIS

Todavía conserva Barbastro esos pequeños oasis que acomodan al que los habita y al que viene de paso, a uno en su quehacer diario, al otro en su descubrimiento de lugares y gentes.
Oasis a los que me gusta llamar rincones. Sí, rincones. Allí donde aparece lo extraviado, donde el niño pequeño se esconde y crea su mundo, donde se acumula el polvo con el paso del tiempo, donde se amontonan los recuerdos en trastos viejos de los que cuesta desprenderse.

Si un forastero pidiera consejo para qué visitar, me quedaría pensando en mis particulares rincones. Recordaría la Catedral, San Francisco y su fuente, la Plaza del Mercado y hasta la Peñeta. Pero por encima de todos éstos que aparentan ser inmortales -y recalco: aparentan-, me vendrían al recuerdo otros oasis más placenteros: las sensaciones. En invierno el olor a estufa de leña, cruzando el recio Puente del Portillo cubierto por una espesa niebla entre sus barandas de cemento. La primavera se vería envuelta por el viento, y éste crearía nuevos sonidos azotando oliveras y carrascas y llevando consigo el sonar de los tambores que anuncian la Semana Santa. En verano, el frescor de la sombra en un paseo por el zigzaguear de los Tapiados e incluso la humedad del musgo y el salpicar de sus manantiales. Y así, tantas sensaciones como días tienen las estaciones que me gustaría compartir con ese hipotético forastero.

Pero los sentidos están ligados a la imaginación y de esa sensibilidad cada uno sabe lo suyo. Los sentidos despiertan a la imaginación, y ésta motiva a los anteriores. Tan personal que es tarea difícil compartirlo. Sólo un buen escritor o un buen contador de historias sabría hacerlo. Y nuestros mayores lo consiguen. Nos hacen partícipes de sus vivencias, de sus peripecias en esos rincones de Barbastro. Hasta darnos cuenta que, pese a lo fugaz de la vida, hay legados, herencias que nos dejan para su recuerdo. Quizás no sentiremos lo que ellos, pero nos han transmitido esos lugares ofrecidos ahora a nuestros sentidos y nuestra imaginación.

Deberíamos lamentarnos de perder con los años esa capacidad propia de imaginar, pero más debería dolernos el acabar con los pequeños detalles, los rincones que mueven el motor de los sentidos. Si bien la merma de facultades es irremediable, sí que podemos poner los medios para evitar acabar con los lugares, rincones, oasis o como queramos llamarlos. Y no hay excusa ni resignación sino la capacidad de imaginar otras soluciones y así crear nuevos rincones: imaginar soluciones no es soñar lo inalcanzable, sino poner en práctica soluciones imaginativas.
Soluciones que hubieran evitado acabar, por ejemplo, con la Estación del Ferrocarril imaginando un vial en un sentido delante y otro en sentido contrario detrás de la misma, rodeando sus escaleras de vegetación y con su elegante palmera, como en el mejor de los oasis.

Soluciones que se han de poner en práctica para que lo práctico no sea agrandar, alinear, destruir, sino conservar y adaptar a nuevos usos. Soluciones para el siguiente oasis en riesgo: los Tapiados.

Mientras unos imaginan, donde antes pisaban las vías del tren, sendas verdes en las que pasear tranquilamente a pie o en bicicleta, otros parece que preferimos ver estos y otros lugares agonizar, morir. Es inaceptable ser espectadores de la piqueta. Los Tapiados, en su agonía como mero paso de coches a los huertos o a las fincas, reclaman que los imaginemos como una vía donde convivan motor y paseo. Reclaman ser una vía de un solo sentido. Reclaman a nuestra imaginación un puente desde la Cospillera al Campo San Juan para unir con un vial la faraónica rotonda de Las Huertas de Suelves con la antigua entrada a Barbastro bajo las Capuchinas. Unir Barrios.

Los Tapiados, en su personificación, prefieren seguir viejos pero dignos, con esencia. Piden seguir viendo pasear a los barbastrenses junto a la hierba de su senda y acompañarlos hasta su huerta o a visitar a su viejo amigo el Puente de Santa Fe, con el que querría ser recordado no por la amenaza que hoy les acecha (*), sino para otros menesteres.

Protección en todo caso para estos viejos amigos que nos hablan, al igual que nuestros abuelos, de tiempos pasados. De lo que aquí hubo. Una voz que nos reconforta. Como un oasis en el desierto.

(*) Se está elaborando un plan urbanístico para mejorar el trazado del Camino de los Tapiados que acabará con los muros que le dan nombre.

***

martes, 18 de mayo de 2010

Vieja estampa y nueva imagen para el Paseo del Coso

Me encanta la claridad del granito con el que cubren los nuevos espacios urbanos, así se potencia la venta de gafas de sol. También me encanta cómo se agrietan esas losas de pocos centímetros de grosor. Ni qué decir lo que disfruto de los charcos y que cuando llueve se convierta el granito en una pista de patinaje. Y lo que más me gusta de todo es cómo se nota la suciedad. Color poco sufrido, diría mi madre.






Está bien claro que una ciudad tiene que avanzar, pero también ha de cuidar los espacios urbanos recientes con el mantenimiento. No me cabe en la cabeza que presenten el nuevo Coso a bombo y platillo cuando la plaza de la Primicia está que da pena, cuando día sí y otro también hay una baldosa rota en el Mercado o hay unos charcos de campeonato en el entorno de la Catedral. La calle Monzón se ha deshumanizado y hay bastantes calles todavía sin urbanizar. Hay jardines que parecen un escaparate de floristería y otros un secarral.

En definitiva, Barbastro es una ciudad de contrastes: el casco antiguo parece lo nuevo y lo nuevo parece... no sé lo que parece la zona nueva. El granito del centro contrasta con las discutibles y biodegradables baldosas rosas y grises de la zona nueva.

Lo que me lleva a esta reflexión es que deberíamos hacer siempre una reflexión antes de crear nuevos espacios, garantizando su mantenimiento y uso ciudadano.



El Coso lo será, confío en ello. Es más, me gusta. Me gustará menos los días de lluvia, seguro, y porque estos espacios se parecen tanto entre sí con otras ciudades... Y lo que es cierto es que será una nueva imagen que contrasta con la vieja estampa que nos trae la memoria, con otras viejas estampas que merecen nuestro cuidado.


Fotografía: proyecto de Juan Luis Solano
Fotografía antigua: dipty.com


Nota del bloguero: ¿Os habéis fijado que en el fotomontaje el Coso conservará la antigua barandilla? Lo dicho, tierra de contrastes...

domingo, 25 de abril de 2010

Los niños ya no juegan en la ermita del Plano








Hace un par de semanas decidí pasear por los alrededores de Barbastro para grabar unas imágenes en video de los campos. Por cierto, cada vez menos "campos" y más víctimas contanimadas de construcciones, postes de la luz, carteles, etc.







Pensé que el camino rural hacia el Santuario de El Pueyo no me defraudaría: campos extensos salpicados de carrascas, olivos y almendros.
Hacia allí me dirigía cuando me encontré, nada más salir de Barbastro, con el desvío a la ermita de la Virgen del Plano. La curiosidad me invadió con ánimo de recordar tiempos pasados. Así que cambié el rumbo hacia allí.







Mi memoria recordaba un trayecto mucho más largo. Pero no, qué alivio al comprobar que no hay que caminar tanto.
Lo que no recordaba tanto son dos cosas: una, el camino asfaltado y otra, que hay varias casas habitadas en las inmediaciones.
Sabía lo que me iba a encontrar. Hace unos años ya fue noticia la profanación del templo y el robo de la campana.

Pero la sorpresa al llegar al lugar es mucho mayor: es una destrucción completa. Ni bancos, ni columpios, ni puertas, ni paredes han pasado inadvertidas a la acción de los vándalos.
Vuelven a surgir vertederos de basura incontrolados. Y no se ve el final de esta agonía.


¿Cómo un lugar tan frecuentado por familias, por niños, ha podido acabar así? ¿Estamos a tiempo de hacer algo por esta zona de juegos y meriendas? ¿Volverán los chapuzones en la piscina?


Los árboles, en su cita veraniega, van a cubrir con sus verdes ramas el cauce del río, tapando la vergüenza de lo que hoy se ha convertido, lo que un día fue una bonita tarde de torta con chocolate.

Mientras reflexiono, un padre y su hijo pasan a mi lado. Van armados de cañas de pescar. El niño me saluda y más tarde, pensando que no le oigo, dice a su padre sorprendido: "¡papá, está haciendo un reportaje para la tele!". Para él ese lugar tiene magia. Para mí, la magia es pensar que, pese a la ruína, este teatro cumple su función.























Imágenes en blanco y negro:
Puente colgante, web: barranque.com
Ermita: usuario "uselio" de flickr.com

sábado, 3 de abril de 2010

Réquiem por un árbol

Qué tiempos aquéllos en los que los árboles eran señas de identidad urbana: el acceso por las principales avenidas (en las que se podía pasear en verano bajo la sombra), el paseo del Coso, el paseo de los Amantes... daban exclusividad y un ámbiente romántico. Los árboles se hacían centenarios, imponentes.

En tiempos, un árbol, una zona verde, era el centro sobre el que se desarrollaba el urbanismo del entorno. Ahora, si sobra sitio se planta una especie, bonita, pero que no se desarrolle más de la cuenta para no herir el asfalto.

¿Quién se acuerda ya del crimen de las moreras de carretera Cregenzán? O de la tala de plataneros de la plaza de Guisar de los que, afortunadamente, se indultó uno que impone su presencia en un urbanismo estandarizado y que constata que allí hubo comercio, molino y animadas noches de verano a la fresca.

Hoy os hablaré de un árbol que quiso ser y no fue. Una historia real en forma de cuento.



Sepan ustedes que hubo un pedacito de tierra abierto entre cientos, miles, millones de adoquines danzarines. De este pedacito de tierra surgía la vida: un escuálido tronco de un proyecto de frondosa sombra.

La misma mano que años atrás había talado la vida de sus robustos antecesores era ahora la que le obligaba a crecer en la radiante plaza nueva. Eso sí, su nueva vida, en un privilegiado emplazamiento, se hacía una agonía: los adoquines atragantaban su tronco y ahogaban sus raíces. Tanto, que el pedacito de tierra del que brotaba era casi inexistente.

Tímido, el fino tronco se esmeraba cada año en abrir sus hojas al caluroso sol. Él sabía que antes que él hubo otro, y antes de ése hubo otro más, que no habían resistido firmes al sol en formación con otros de su mismo batallón arbóreo.

Aguantó ser aplastado por un camerino festivo y empujones de algún que otro senil conductor nobel; -¿la señal no indica zona de paso restringida? -se decía. Pese a todo era buen vecino y tuvo que tragar cambios de aceite en talleres improvisados y la fumata de hierbas que le provocaban la risa. Hasta en son de buena vecindad estuvo a punto con sus ramas de batir palmas al son de la rumba.

Pese a su juventud se sentía abuelo, condenado a mantenerse erguido gracias al apoyo de un tronco inerte al que lo apresaban. Pero consiguió lo que otros no hicieron: ver pasar dos primaveras y pronto llegaría la tercera y, seguramente, le liberarían de esa atadura.
Poco antes de abril alguien colocó un vallado en la plaza, su casa. Una gran celebración. ¿Quizás una obra que lo protegería? ¿Harían alrededor de su tronco un cuadrado de tierra para respirar? Las vallas se iban moviendo al compás de las obras. Y se acercaron a él, tanto, que estrecharon el espacio por el que circulaban los coches. Llegaron a rozarlo, una y otra vez, hasta que un golpe fue tan certero que lograría herirlo de muerte. Tumbado ya sobre la plaza soltaba su última savia como lenta agonía.


Muchos de los que allí pasamos lo oímos lamentarse, pero no lo levantamos. Él sabía su destino. Aún así pedía que su pedacito de tierra, defendido hasta la muerte, fuese ocupado con una nueva vida y, si los responsables municipales le dejaban, rogaba ser convertido en mástil que apoyase al nuevo inquilino.

Pero ninguno de sus deseos se cumplió. Sobre el pedacito de tierra una orden de lo alto echó cemento; y los adoquines ganaron nuevos territorios. Y cerraron su herida como lo hicieran con los árboles que allí habitaban antes de la colosal urbanización. Como una cruel burla en una de las vallas figuraba su destino escrito: “poda de árboles”. No era la intención de la obra, pues las vallas se habían reutilizado sin quitar el cartel, pero resultó ser un mal augurio de una mala “poda” que ahora escribo a modo de réquiem.