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viernes, 7 de febrero de 2014

NUEVAS SOLUCIONES, VIEJOS PROBLEMAS...

Afortunadamente las ciudades las están ganando los peatones. Sí, también las tiendas y las terrazas... unas dejan desierta y sombría la ciudad por la noche, otras generan jaleo hasta altas horas... Lo que antes se achacaba al tráfico rodado (el ruido hacía insoportable vivir en el centro), ahora se va sustituyendo por otros condicionantes (querer vivir en zonas más soleadas, más verdes), y que acaba siendo un vaciado de la habitabilidad y un querer huir del ruido, del peligro.

Muchas veces vivir en el centro antiguo es vivir con sensación de inseguridad. Inseguridad por el estado de la construcción, inseguridad por algunos vecinos... ruina que llama a ruina.

Pero no me quiero desviarme de lo que quería explicar hoy, a raíz de una foto encontrada en Facebook. Una foto en blanco y negro de los años 70 del pasado siglo (hace 40 años) y que mostraba (y muestra todavía) que el centro de una ciudad (el casco antiguo) no estaba hecho para los avances de la vida moderna. Las estrechas, las sinuosas calles se quedaban pequeñas para acoger a nuevos habitantes: los autobuses, los camiones, cada vez más grandes, más largos, más altos... más amenazantes.


Así que esto fue provocando la desaparición de casas, de puertas de ciudad, de cuellos de botella que, casualidades de la vida, muchas eran casas imponentes y llenas de valor.

Pero volviendo a la fotografía (un camión empotrado en unos locales). Decir que lo sorprendente es la solución: se hizo una variante alternativa a la carretera nacional que pasaba, como en otras muchas localidades, por pleno centro. Había mil planes, mil ideas de ir tirando casas con porches y casas en zonas estrechas. Alguna pereció, como la casa de ladrillo, imponente y robusta, del comercio que se ve al fondo (Confecciones Lacambra), pero, afortunadamente muchas otras se salvaron.

Barbastro perdió algo de economía, pero ganó en seguridad vial. El tiempo ha dado la razón: hoy por hoy, si no puedes ofrecer un atractivo, ningún vehículo se detiene ni para echar gasolina.

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Fotografía: Antonio Latorre ( https://www.facebook.com/photo.php?fbid=1405772909672597&set=a.1381789788737576.1073741827.100007197040114&type=1&theater )


viernes, 14 de enero de 2011

Los Tapiados, tranquilos de momento, mandan el tráfico "a paseo"

Parece que el título de esta entrada ha quedado redactado como un titular de noticia, de una gran noticia.

Hace ya varios años el Ayuntamiento de Barbastro informaba de una importante "idea" urbanistica para ampliar el camino de los Tapiados aunque requería la expropiación de multitud de fincas y la desaparición de las tapias que le dan nombre. Afortunadamente los técnicos de la Diputación de Huesca se han adelantado y han apostado por una solución más práctica: hacer pasar el tráfico donde las calzadas son más anchas (zona Las Huertas) y conectarla con el Eje del Vero (carretera que lleva a Alquézar y las Bodegas) a través del Barrio de San Juan. Solución ésta que no se aleja del casco urbano y soluciona muchos de los problemas del centro de la ciudad, donde los coches se encuentran en un callejón sin salida o enredados de la maraña de calles (calles de un sólo sentido, lógico por la falta de amplitud pero caótico para la circulación vial).

Vaya, quién lo iba a pensar, esta solución se me antoja lógica y familiar. Me alegro y mucho. De hecho, hace unos años escribí para El Cruzado Aragonés una carta en la que echaba de menos soluciones imaginativas ante la amenaza a los Tapiados por parte del Ayuntamiento.


Nota del autor: el texto que sigue, es un artículo de opinión que escribí para El Cruzado Aragonés en diciembre de 2007.

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AÚN NOS QUEDAN OASIS

Todavía conserva Barbastro esos pequeños oasis que acomodan al que los habita y al que viene de paso, a uno en su quehacer diario, al otro en su descubrimiento de lugares y gentes.
Oasis a los que me gusta llamar rincones. Sí, rincones. Allí donde aparece lo extraviado, donde el niño pequeño se esconde y crea su mundo, donde se acumula el polvo con el paso del tiempo, donde se amontonan los recuerdos en trastos viejos de los que cuesta desprenderse.

Si un forastero pidiera consejo para qué visitar, me quedaría pensando en mis particulares rincones. Recordaría la Catedral, San Francisco y su fuente, la Plaza del Mercado y hasta la Peñeta. Pero por encima de todos éstos que aparentan ser inmortales -y recalco: aparentan-, me vendrían al recuerdo otros oasis más placenteros: las sensaciones. En invierno el olor a estufa de leña, cruzando el recio Puente del Portillo cubierto por una espesa niebla entre sus barandas de cemento. La primavera se vería envuelta por el viento, y éste crearía nuevos sonidos azotando oliveras y carrascas y llevando consigo el sonar de los tambores que anuncian la Semana Santa. En verano, el frescor de la sombra en un paseo por el zigzaguear de los Tapiados e incluso la humedad del musgo y el salpicar de sus manantiales. Y así, tantas sensaciones como días tienen las estaciones que me gustaría compartir con ese hipotético forastero.

Pero los sentidos están ligados a la imaginación y de esa sensibilidad cada uno sabe lo suyo. Los sentidos despiertan a la imaginación, y ésta motiva a los anteriores. Tan personal que es tarea difícil compartirlo. Sólo un buen escritor o un buen contador de historias sabría hacerlo. Y nuestros mayores lo consiguen. Nos hacen partícipes de sus vivencias, de sus peripecias en esos rincones de Barbastro. Hasta darnos cuenta que, pese a lo fugaz de la vida, hay legados, herencias que nos dejan para su recuerdo. Quizás no sentiremos lo que ellos, pero nos han transmitido esos lugares ofrecidos ahora a nuestros sentidos y nuestra imaginación.

Deberíamos lamentarnos de perder con los años esa capacidad propia de imaginar, pero más debería dolernos el acabar con los pequeños detalles, los rincones que mueven el motor de los sentidos. Si bien la merma de facultades es irremediable, sí que podemos poner los medios para evitar acabar con los lugares, rincones, oasis o como queramos llamarlos. Y no hay excusa ni resignación sino la capacidad de imaginar otras soluciones y así crear nuevos rincones: imaginar soluciones no es soñar lo inalcanzable, sino poner en práctica soluciones imaginativas.
Soluciones que hubieran evitado acabar, por ejemplo, con la Estación del Ferrocarril imaginando un vial en un sentido delante y otro en sentido contrario detrás de la misma, rodeando sus escaleras de vegetación y con su elegante palmera, como en el mejor de los oasis.

Soluciones que se han de poner en práctica para que lo práctico no sea agrandar, alinear, destruir, sino conservar y adaptar a nuevos usos. Soluciones para el siguiente oasis en riesgo: los Tapiados.

Mientras unos imaginan, donde antes pisaban las vías del tren, sendas verdes en las que pasear tranquilamente a pie o en bicicleta, otros parece que preferimos ver estos y otros lugares agonizar, morir. Es inaceptable ser espectadores de la piqueta. Los Tapiados, en su agonía como mero paso de coches a los huertos o a las fincas, reclaman que los imaginemos como una vía donde convivan motor y paseo. Reclaman ser una vía de un solo sentido. Reclaman a nuestra imaginación un puente desde la Cospillera al Campo San Juan para unir con un vial la faraónica rotonda de Las Huertas de Suelves con la antigua entrada a Barbastro bajo las Capuchinas. Unir Barrios.

Los Tapiados, en su personificación, prefieren seguir viejos pero dignos, con esencia. Piden seguir viendo pasear a los barbastrenses junto a la hierba de su senda y acompañarlos hasta su huerta o a visitar a su viejo amigo el Puente de Santa Fe, con el que querría ser recordado no por la amenaza que hoy les acecha (*), sino para otros menesteres.

Protección en todo caso para estos viejos amigos que nos hablan, al igual que nuestros abuelos, de tiempos pasados. De lo que aquí hubo. Una voz que nos reconforta. Como un oasis en el desierto.

(*) Se está elaborando un plan urbanístico para mejorar el trazado del Camino de los Tapiados que acabará con los muros que le dan nombre.

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martes, 18 de mayo de 2010

Vieja estampa y nueva imagen para el Paseo del Coso

Me encanta la claridad del granito con el que cubren los nuevos espacios urbanos, así se potencia la venta de gafas de sol. También me encanta cómo se agrietan esas losas de pocos centímetros de grosor. Ni qué decir lo que disfruto de los charcos y que cuando llueve se convierta el granito en una pista de patinaje. Y lo que más me gusta de todo es cómo se nota la suciedad. Color poco sufrido, diría mi madre.






Está bien claro que una ciudad tiene que avanzar, pero también ha de cuidar los espacios urbanos recientes con el mantenimiento. No me cabe en la cabeza que presenten el nuevo Coso a bombo y platillo cuando la plaza de la Primicia está que da pena, cuando día sí y otro también hay una baldosa rota en el Mercado o hay unos charcos de campeonato en el entorno de la Catedral. La calle Monzón se ha deshumanizado y hay bastantes calles todavía sin urbanizar. Hay jardines que parecen un escaparate de floristería y otros un secarral.

En definitiva, Barbastro es una ciudad de contrastes: el casco antiguo parece lo nuevo y lo nuevo parece... no sé lo que parece la zona nueva. El granito del centro contrasta con las discutibles y biodegradables baldosas rosas y grises de la zona nueva.

Lo que me lleva a esta reflexión es que deberíamos hacer siempre una reflexión antes de crear nuevos espacios, garantizando su mantenimiento y uso ciudadano.



El Coso lo será, confío en ello. Es más, me gusta. Me gustará menos los días de lluvia, seguro, y porque estos espacios se parecen tanto entre sí con otras ciudades... Y lo que es cierto es que será una nueva imagen que contrasta con la vieja estampa que nos trae la memoria, con otras viejas estampas que merecen nuestro cuidado.


Fotografía: proyecto de Juan Luis Solano
Fotografía antigua: dipty.com


Nota del bloguero: ¿Os habéis fijado que en el fotomontaje el Coso conservará la antigua barandilla? Lo dicho, tierra de contrastes...

sábado, 3 de abril de 2010

Réquiem por un árbol

Qué tiempos aquéllos en los que los árboles eran señas de identidad urbana: el acceso por las principales avenidas (en las que se podía pasear en verano bajo la sombra), el paseo del Coso, el paseo de los Amantes... daban exclusividad y un ámbiente romántico. Los árboles se hacían centenarios, imponentes.

En tiempos, un árbol, una zona verde, era el centro sobre el que se desarrollaba el urbanismo del entorno. Ahora, si sobra sitio se planta una especie, bonita, pero que no se desarrolle más de la cuenta para no herir el asfalto.

¿Quién se acuerda ya del crimen de las moreras de carretera Cregenzán? O de la tala de plataneros de la plaza de Guisar de los que, afortunadamente, se indultó uno que impone su presencia en un urbanismo estandarizado y que constata que allí hubo comercio, molino y animadas noches de verano a la fresca.

Hoy os hablaré de un árbol que quiso ser y no fue. Una historia real en forma de cuento.



Sepan ustedes que hubo un pedacito de tierra abierto entre cientos, miles, millones de adoquines danzarines. De este pedacito de tierra surgía la vida: un escuálido tronco de un proyecto de frondosa sombra.

La misma mano que años atrás había talado la vida de sus robustos antecesores era ahora la que le obligaba a crecer en la radiante plaza nueva. Eso sí, su nueva vida, en un privilegiado emplazamiento, se hacía una agonía: los adoquines atragantaban su tronco y ahogaban sus raíces. Tanto, que el pedacito de tierra del que brotaba era casi inexistente.

Tímido, el fino tronco se esmeraba cada año en abrir sus hojas al caluroso sol. Él sabía que antes que él hubo otro, y antes de ése hubo otro más, que no habían resistido firmes al sol en formación con otros de su mismo batallón arbóreo.

Aguantó ser aplastado por un camerino festivo y empujones de algún que otro senil conductor nobel; -¿la señal no indica zona de paso restringida? -se decía. Pese a todo era buen vecino y tuvo que tragar cambios de aceite en talleres improvisados y la fumata de hierbas que le provocaban la risa. Hasta en son de buena vecindad estuvo a punto con sus ramas de batir palmas al son de la rumba.

Pese a su juventud se sentía abuelo, condenado a mantenerse erguido gracias al apoyo de un tronco inerte al que lo apresaban. Pero consiguió lo que otros no hicieron: ver pasar dos primaveras y pronto llegaría la tercera y, seguramente, le liberarían de esa atadura.
Poco antes de abril alguien colocó un vallado en la plaza, su casa. Una gran celebración. ¿Quizás una obra que lo protegería? ¿Harían alrededor de su tronco un cuadrado de tierra para respirar? Las vallas se iban moviendo al compás de las obras. Y se acercaron a él, tanto, que estrecharon el espacio por el que circulaban los coches. Llegaron a rozarlo, una y otra vez, hasta que un golpe fue tan certero que lograría herirlo de muerte. Tumbado ya sobre la plaza soltaba su última savia como lenta agonía.


Muchos de los que allí pasamos lo oímos lamentarse, pero no lo levantamos. Él sabía su destino. Aún así pedía que su pedacito de tierra, defendido hasta la muerte, fuese ocupado con una nueva vida y, si los responsables municipales le dejaban, rogaba ser convertido en mástil que apoyase al nuevo inquilino.

Pero ninguno de sus deseos se cumplió. Sobre el pedacito de tierra una orden de lo alto echó cemento; y los adoquines ganaron nuevos territorios. Y cerraron su herida como lo hicieran con los árboles que allí habitaban antes de la colosal urbanización. Como una cruel burla en una de las vallas figuraba su destino escrito: “poda de árboles”. No era la intención de la obra, pues las vallas se habían reutilizado sin quitar el cartel, pero resultó ser un mal augurio de una mala “poda” que ahora escribo a modo de réquiem.














sábado, 20 de marzo de 2010

Ciudadanos, ¡circulen!... si pueden, claro

Inmersos estamos en el eterno debate sobre la circulación en la calle General Ricardos. Hay que recordar que el motivo de que se circule en una sola dirección se basa es descongestionar el tráfico en el centro, facilitar aparcamientos de carga y descarga para la actividad comercial y para crear un ambiente más propicio para la seguridad del peatón que pasea y compra.


Pero esto último, el peatón, debería ser lo principal a la hora de establecer criterios de circulación. Sin duda es el medio de transporte más ecológico y que propicia la economía basada en el turismo y en el pequeño comercio.










Y cómo no, ir a pie es el eje de la calidad de vida.


Pero lo mismo que se piensa en el fluir del tráfico, en las plazas de aparcamiento, etc. no deberíamos olvidar los obstáculos que aparecen en la ciudad: aceras de altura que parecen precipicios; que te dirigen a ninguna parte o a atravesar paredes; de ancho anoréxico en el que no cabe ni un solo peatón; sin rampas para minusválidos, carritos de bebé o carritos de la compra; y así un largo etcétera.

El colmo es que por cada intervención urbanística que se hace, surge una mano negra que planta una farola, una señal de tráfico o un contenedor. Afortunadamente puede tener solución.














Aquí el responsable no es sólo urbanismo, sino también la concejalía de servicios. Os aporto unas imágenes ilustrativas de lo que me encuentro en mi breve trayecto rutinario, del trabajo a casa, así que no me quiero ni imaginar lo que me dejo en el tintero.


Yo invito a los responsables a recordar conceptos tales como "molesta", "impide el paso", etc. y nos borren estos elementos que manchan (de lo antiestético hablaremos otro día) nuestro caminar diario.